sábado, 10 de mayo de 2014

El encuentro terapéutico 2/7

1. El dolor expectante. La matriz del encuentro terapéutico

“Nosotros somos un coloquio. El ser del hombre se funda en el lenguaje, pero eso auténticamente acontece sólo en el coloquio, mas ¿qué significa, entonces, un coloquio? Evidentemente, el hablar juntos de algo. Es así que el hablar hace posible el encuentro. El poder escuchar no es una consecuencia que se desprenda del hablar juntos, sino que, antes al contrario, es su presupuesto”  Martín Heidegger


Como bien nos muestra esta cita de Heidegger, hablar y escuchar juntos desprende un lenguaje que hace posible el encuentro. Pero lo que convierte al encuentro en un encuentro terapéutico es el hecho que el lenguaje que ahí se manifiesta contenga o conduzca elementos destinados a aliviar el dolor o aflicción que sufre el paciente. En efecto, en el encuentro terapéutico existen dos personas con las funciones bien delimitadas, el terapeuta y el paciente: el que se asume la responsabilidad de portar alivio, y el que sufre o padece algún tipo de dolor psíquico. El lenguaje usado en el encuentro terapéutico tendrá  forzosamente que ver, pues, con la dimensión del dolor del paciente, con esa expectación con que terapeuta y paciente despliegan su habla para buscar vías que aligeren o palíen el dolor psíquico del paciente.

Sin lenguaje, pues (sin habla y escucha), no puede hablarse de encuentro. Pero sin dolor psíquico, el encuentro no puede denominarse un encuentro terapéutico. Por consiguiente, el lenguaje, en psicoterapia, estará atravesado una y otra vez, tanto en el habla como en la escucha, por la faceta del dolor. Y ese atravesamiento podrá mostrarse tanto en la forma del lenguaje como en el contenido, tanto en lo aludido explícitamente como en lo eludido y que se deja ver sólo como supuesto. El dolor psíquico, ese dolor expectante (esa espera o esperanza de que se dé lo terapéutico) es el fundamento del encuentro del que estamos hablando, su factor base constitutivo, el elemento respecto del cual se afianzará o no la psicoterapia a lo largo de su complejo proceso.

Bien, lo que queremos decir con estas formulaciones es que el dolor está siempre presente en el encuentro terapéutico, en el lenguaje de ese encuentro, siendo su máximo protagonista. Pero ese protagonismo no depende de las palabras. En realidad, el lenguaje mismo es algo más que palabras. Puede ser sentido, semántica, todo lo que, siendo prevalente en las construcciones verbales, precediéndolas incluso en ocasiones, no tiene que ser nombrado. Queremos decir que el dolor puede mover el lenguaje y darle una cierta coloración, una cierta tonalidad, una cierta ritmicidad o una cierta velocidad, sin afectar a los elementos verbales en particular con los que se construye. Usando una vieja definición, podría decirse que el dolor, cuando no es visible directamente en los contenidos mismos del discurso, se presenta en el lenguaje en una vertiente general,  impulsando su movimiento en una cierta dirección de estilo.

Eso lo debería saber el terapeuta. Debe saber que el dolor expresado y que el dolor impreso tienen idéntico peso en la vivencia del paciente, debiendo escuchar y atender a ambos por igual. Es más, cabría interrogarse si una falta de concentración en el dolor impreso (cosa que puede verse como un cierto empecinamiento en relevar sólo lo expresado, intentando una y otra vez que el paciente exprese su dolor en palabras) no pueda acabar por afectar dramáticamente a la dimensión misma de la cura, a la esencia misma de su profesión de terapeuta. 

En efecto, es bien sabido que para llegar a ser un psicoterapeuta, es necesario conocer en primera persona la dimensión de paciente. El llamado análisis previo del terapeuta tiene como fundamento, más allá de la patología, reconocer los núcleos de dolor instalados en su psique, en la idea de que ese reconocimiento pueda ayudarle en su tarea durante el proceso terapéutico, disminuyendo las posibilidades de contagio y de proyección. Y esos núcleos de dolor, en muchas ocasiones estarán impresos en la personalidad, ocultos en las variadas vicisitudes de la historia personal, o bien celados en la disposición a convertirse en terapeutas. Esos núcleos de dolor del terapeuta, si bien reconocidos (no necesariamente a través de palabras o en confesiones), quedarán impresos en su memoria, facilitando el reconocimiento general de que el paciente, cuando acude voluntariamente al espacio terapéutico, sabe ya mucho de su dolor, aunque no siempre decida expresarlo mediante palabras.   

Consideramos esto un aspecto crucial del encuentro terapéutico. Lo expresado y lo impreso siempre deberán encontrar una ecuación compatible con las necesidades de equilibrio de cada personalidad, pero debemos suponer que la personalidad del terapeuta se haya convertido en más plástica, en más flexible, gracias a la experiencia que se recaba del análisis personal, de su proceso didáctico, y del encuentro terapéutico con cada paciente. Y muchas veces esa flexibilidad adquirida hallará su medida en la capacidad de escuchar y comprender el lenguaje del paciente como procedente, por mucho que las palabras de éste se distancien de ello, de las dimensiones más profundas del dolor, un dolor que, a mayor inexpresión, mayor impresión y más expectación va a producir en la psique del paciente.

La “demanda terapéutica”, entonces, se desarrolla siempre en el lenguaje. Sólo que unas veces se expresa directamente como un reconocimiento del dolor y una petición de ayuda, y en otras ocasiones la encontramos gravitando en el lenguaje como formas de estilo, impresas profundamente en los lugares más recónditos de la psique y en espera de nuestra participación.

Si así lo entendemos, si somos capaces de recoger el dolor del paciente como lenguaje fundador del encuentro terapéutico, independientemente de sus formas de expresión, probablemente habremos soslayado una buena parte de los “encontronazos” que pueden acompañar al choque de psiques que establece la psicoterapia. (Clic aquí para pasar a 3/7.)


Autora: Dra. Guadalupe de la Cruz M.


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El encuentro terapéutico 1/7

EL ENCUENTRO TERAPEUTICO


“Habría entonces –y como colofón- que preguntarse si el análisis, ese producto casi casual de nuestro siglo, no deba abandonar la aristocrática y privilegiada posición en la que todavía se encuentra, y no tenga, por el contrario, que proponerse como modelo paradigmático del encuentro humano suscitador de enriquecimiento psíquico”  Mario Trevi

Curiosamente, a la hora de abordar las temáticas referentes al psicoanálisis o a la psicoterapia, se ha optado por emplear conceptos y términos de naturaleza incierta o virtual, en lugar de enfatizar cuánto el psicoanálisis o la psicoterapia tengan de realidad efectiva, de ineludible choque, de inevitable relación entre dos o más seres humanos. Así, se ha hablado mucho de la búsqueda, del proyecto, del proceso mismo de la psicoterapia en cuanto construcción de futuro, pero muy poco de  los “hallazgos” que se dan en ese espacio, del encuentro en sí del sentido, de la “química” real de las dos psiques susceptible de modificar a cada una de ellas y de orientarlas hacia una vía de salud.

La psicoterapia es, entonces, un arte especulativa y a la vez un arte empírica: se requieren tanto conocimientos generales y previos como una disposición clara y sin prejuicios ni presupuestos previos al encuentro con el otro. Es muy probable que sea de la confluencia entre estas dos disposiciones, de la suma de esas dos artes, de lo que dependa el resultado final del proceso psicoterapéutico.

Curiosamente, sin embargo, parece que una de esas dos disposiciones tuviera la pretensión de abarcar a la otra, despreciando su valor constitutivo dentro del marco terapéutico. Nos referimos a la pretensión del terapeuta de abastecerse de conocimientos generales con la finalidad de reducir la tensión que implicaría esa disposición dialógica sin prejuicios del arte empírica. Parece ser, por consiguiente, que no sea fácil “hermanar” o hacer confluir las dos artes constitutivas, como si la avidez de afianzar los instrumentos técnicos (ese acopio de conocimientos previos) en el terapeuta acabase una y otra vez por desestimar las labores de “escucha” y conocimiento particular del otro irrepetible a la que obliga la disposición empírica

Por eso mismo, y por la necesidad de acometer directamente la temática del encuentro terapéutico, es por lo que creemos conveniente ilustrar de manera directa la dimensión del encuentro dialógico y sus referentes epistemológicos, por supuesto no con el ánimo de invertir ese desequilibrio ahora a favor del arte empírica, sino como una medida equilibradora de ese énfasis especulativo y “reductor” que suele ser común en el estudio de la psicología y de la psiquiatría.

Empecemos, pues, por ver el ámbito semántico de la palabra encuentro. La palabra “encuentro” se abre en el Diccionario de uso del Español de María Moliner en variadas direcciones. En primer lugar, significa la acción de encontrarse, pero puede ser una entrevista, un hallazgo, un combate, una discusión, una riña, amén de otras acepciones alejadas de nuestro tema. “Ir o salir al encuentro de algo o de alguien”, significa dirigirse hacia la persona o cosa de que se trata por el mismo camino por el que ellas vienen, en sentido contrario, y en esta acepción implica un adelantarse, un atajar; pero puede significar el ceder alguien en su actitud o poner algo de su parte para buscar una avenencia con el otro; o bien el anticiparse a lo que alguien va a decir o hacer facilitándole el decirlo o hacerlo; o bien, por el contrario, una especie de “salir al paso”, anticipándose a lo que alguien va a decir o hacer con otro dicho o acción que lo desvirtúa.

Vemos, entonces, que el encuentro se sitúa en una dimensión de realidad en donde se hace efectivo un choque, una aproximación, un “contacto” entre uno y otro, para, desde ahí, hallar una coincidencia, una facilitación, una colaboración, o bien, por el contrario, deducirse un choque, un encontronazo, una incomprensión, una disputa que desvirtúa o dificulta el ponerse de acuerdo y obtener una colaboración. Consiguientemente, el concepto de encuentro hace hincapié en esa relación, en ese choque o contacto entre dos personas o entre una persona y otras cosas, aunque, al parecer, de ello pueda derivarse tanto un enriquecimiento mutuo como un entorpecimiento mutuo, tanto una colaboración como una disputa.

Del mismo modo, en su faceta reflexiva o intrapsíquica, el “encontrarse” a sí mismo es signo de buena ubicación, de satisfacción general y de sentimiento de estar bien orientado, de la misma manera que no encontrarse es signo de desvarío, malestar o sentimiento de alienación.

Con todo esto que hemos dicho, y entrelazando las acepciones objetiva y reflexiva del concepto encuentro, bien fácilmente podemos llegar a la conclusión de que un encuentro terapéutico es positivo, es decir, es en verdad terapéutico, cuando es capaz de facilitar el intercambio entre las dos psiques que se cruzan en la psicoterapia, facilitando de paso esa dimensión interior de ubicación y orientación que podríamos llamar “encontrarse a sí mismo”. De la misma manera, un encuentro terapéutico dejaría de serlo en la medida en que surgen impedimentos, rémoras, incomprensiones, que hacen del contacto entre las dos psiques una suerte de “encontronazo”, choque o disputa, que en lugar de orientar, desorienta, y que produce un extrañamiento de sí, una alineación que separa a ambos interlocutores de aquel encontrarse (al otro y a sí mismo) que hemos denominado “encuentro terapéutico”.

Partiendo de estas premisas críticas, es decir, sin dar por descontado que el encuentro deba por fuerza entrañar implicaciones terapéuticas, vamos a tratar de esclarecer algunas dimensiones del encuentro que, relacionadas con el fundamento constitutivo del encuentro terapéutico, puedan ayudar a comprender mejor cuándo, dónde y cómo acontece la facilitación o la puesta en marcha de dificultades para encarar el contacto, para tratar, después, de establecer puentes equilibradores entre ars especulativa y ars empírica como elemento referencial del encuentro terapéutico. (Clic aquí para pasar a 2/7.)


Autora: Dra. Guadalupe de la Cruz M.
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Símbolo, Creatividad y Metáfora 4/4

LA PSICOTERAPIA DIALOGICA. 
Un breve esbozo


[...] ¿Cómo es posible que el oyente se apropie lo hablado por otro tan sólo en virtud del desarrollo de su propia fuerza y disposición que [...] se produce en su interior únicamente, si no es que en el hablante y en el oyente se encuentra una misma esencia, sólo que escindida entre los individuos y orientada a una adecuada reciprocidad entre ellos? ¿Cómo, si no, podría bastar una señal tan delicada como es el sonido articulado para estimular a uno y otro en forma coincidente, si no es que esa señal procede de la naturaleza más honda y genuina de una esencia común? Wilhelm von Humboldt


Es muy probable que el proceso psicoterapéutico arranque de una relación entre paciente y terapeuta caracterizada por la comunicación convergente. El interés de ambos interlocutores por esclarecer y profundizar (para mejor comprender) el malestar de la psique del paciente, así nos lo hace suponer. Pero eso no es más que el principio de la relación. Poco a poco van a asomarse sobre la relación materiales cuya conexión con el malestar es cada vez menos clara, aunque pertenezcan, claro está, a la misma psique del paciente: elementos oníricos, esbozos de proyectos, intuiciones, hechos de la vida cotidiana, etcétera.

Como con frecuencia sucede, estas comunicaciones despiertan también en el terapeuta el uso de elementos de la propia psique menos dirigidos a su vez al esclarecimiento del malestar, ya del malestar en general, ya del malestar del paciente. Paulatinamente, quiero decir, se entrelazan en la comunicación atenciones convergentes y divergentes de ambos lados. El verdadero diálogo corresponde precisamente a la intersección de esas dos direcciones de la comunicación: convergente, para medir el consenso efectivo de los dos interlocutores sobre la cuestión; divergente, para hacer brotar cada vez las nuevas áreas de verdad individual que sucesivamente serán sometidas a consenso.

Por disposición al diálogo entiendo, entonces, una disposición a seguir ese dúplice movimiento de la comunicación. Para aclarar el movimiento convergente de la comunicación psicoterapéutica nos sirven sobre todo los conocimientos generales, en especial, las grandes teorías de la psique, con toda su riqueza cognoscitiva al respecto del funcionamiento de la psique en condiciones normales y patológicas. Pero la necesidad de dirigirse hacia una solución individual ha llevado a los distintos autores a recorrer también los senderos de la búsqueda de las producciones espontáneas de la psique. Y allí se han adentrado en el territorio cultural divergente (lo psíquico irreductible a lo psicológico): se han adentrado en este territorio en distintos puntos de sus propias teorías y, supuestamente, en muchas ocasiones a lo largo del variado devenir de las psicoterapias puestas en acto.

En el caso de Jung, la libido entendida como fuerza natural que se desliza entre los flujos de los diversos complejos y de los elementos antinómicos, encuentra una respuesta en las producciones simbólicas procedentes de aquel quantum de energía, de aquel excedente libídico que se sustrae a los decursos naturales...

Mi impresión es que no se trata de un simple excedente libídico, sino que en la naturaleza misma de la psique existen natural y espontáneamente energías que se conducen indistintamente hacia corredores convergentes (psicológicos) y divergentes (psíquicos). En el ser humano es natural un instinto o un movimiento guiado por el afecto, por la razón o por las normas aprendidas por convención, así como es natural el activarse de las funciones simbólica, creativa o metafórica.

Como quiera que sea, pienso que el diálogo psicoterapéutico pueda acoger también esas tres funciones, comprenderlas y, si procede, favorecer su expresión, y ello por la razón terapéutica ya señalada cuando hemos mencionado las consecuencias de la parada de esas tres funciones. El andamiento psicoterapéutico es también el resultado de los influjos intersubjetivos sobre el campo intrapsíquico. Por eso en psicoterapia no existe otra posibilidad que no sea desarrollar y hacer progresar un diálogo entre las dos psiques, donde la expresión y la escucha, la asociación, el recuerdo de ciertos puntos de tensión y la alusión a nuevas temáticas, encuentren, de vez en vez, dentro de cada encuentro y contemplada la relación también desde su eje de continuidad temporal, aquella amalgama lingüística que facilita que la situación sufriente se transforme en una situación realista y a la vez dirigida progresivamente hacia la búsqueda de salud.

A fin de que el psicoterapeuta pueda favorecer la potencialidad de ese diálogo, es deseable que se den en él ciertos equilibrios entre los distintos niveles de escucha con que irá a acoger la comunicación del paciente, y también ciertos equilibrios entre los distintos niveles de comprensión de la funcionalidad compleja conducida constantemente por el lenguaje. Dentro de esos equilibrios y comprensiones, se halla el problema de cómo metaforizar en el tiempo eso que a primera vista parecía sólo literal, o de cómo simbolizar eso que parecía un error racional, o de cómo considerar producido por la creatividad eso que se escondía tras los pliegues de la falta de emoción y del abandono.

Sin lugar a dudas, acoger las funciones mencionadas en cuanto posibilidades de transformación, significa que el terapeuta debe estar preparado a no rehuir el problema de la complejidad o, más precisamente aún, el problema de participar en una relación entre dos distintas y particulares complejidades. Por otro lado, implica además que debe tener la guía colocada precisamente en el orden temporal, es decir, sobre la cuestión de la oportunidad. Se trata de una posición crítica y dirigida en lo concreto hacia el diálogo, hacia la construcción de sentido como única verdad posible del discurso psicoterapéutico.
A ese respecto, y como leve e irónico apéndice final, creo que pueda servir este fragmento de Vladimir Jankélévitch, tomado de su libro “La Ironía”:

• [...] Existe un tiempo para cada verdad, una ley de la oportunidad que está en el origen mismo de la iniciación; antes es demasiado pronto, después es demasiado tarde. ¿Es la verdad que se inserta en la historia?, ¿o la conciencia que se desarrolla según la duración? Cierto que existe toda una deontología de lo verdadero que se apoya sobre el aprehender irracionalmente la ocasión oportuna y, como preferiríamos decir, la coyuntura flagrante. La veridicidad o dicción de la verdad es un evento histórico. No se trata sólo de decir la verdad, toda la verdad, en cualquier momento, como un bruto: la articulación de la verdad debe ser gradual; hay que suministrarla como un elixir potente que puede ser mortal, aumentando la dosis cada día, para permitir al espíritu el tiempo de habituarse

Autor: Dr. Ricardo Carretero G.
Relación para el X Congreso del Centro Italiano di Psicología Analítica C.I.P.A.
5-6 de Febrero del 2000,  Roma

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TITULOS CITADOS

Jung, C. G., “Energética Psichica” (1928), en Opere di C.G.Jung, Boringhieri, Torino,                             vol.VIII, p.56-57

Trevi, M., “Metafore del simbolo” (1986), Raffaello Cortina editori, Milano, p. 107-108

Zambrano, M., “De la Aurora” (1986), ed. Turner, Madrid, p.50

Gadamer, H.G., “Verdad y Método” (1986) (trad.esp.1992), ed. Sígueme, Salamanca, vol.II, p.173

Arendt, H., “Il pescatore di perle”. Walter Benjamin, 1892-1940 (1968) (trad.it. 1993), ed. Mondadori, Milano, p.25

Colli, L., “La Morte e gli Addii” (1999), ed. Moretti e Vitali, Bergamo, p.111

Von Humboldt, W., “Sobre la diversidad de la estructura del lenguaje humano y su influencia sobre el desarrollo espiritual de la humanidad” (1836) (trad. esp. 1990), ed. Anthropos, Barcelona, p.80-81

Jankévélitch, V., “L’Ironia” (1964) (trad. It. 1987), ed. Il Melangolo, Genova, p. 50

Símbolo, Creatividad y Metáfora 3/4

FUNCIÓN SIMBÓLICA, FUNCIÓN CREATIVA Y FUNCIÓN METAFÓRICA. 
Una semejanza operativa


“Entonces, a veces después de años de desasosegante estancamiento, inesperadamente la energía psíquica se integra en un fluir que procede desde el interior, pero que alcanza el mundo externo devolviéndole un valor y una apertura. Entonces, aunque en el fondo no haya nada nuevo o diferente, aquel mundo ya no es el que la fijeza de una memoria infeliz había conocido durante tanto tiempo” Maria Luisa Colli


Desde el punto de vista funcional, esto es, de entrada estrictamente intrapsíquico, podría hipotizarse una relación entre las tres funciones mencionadas, por lo menos por lo que respecta al dinamismo frente a la tutela de la conciencia. En realidad, una conciencia que no se coloca en el sentido de favorecer el pasaje dentro/fuera que las tres funciones proponen, es una conciencia fija y paralizada sobre lo ya conocido, lo que quiere decir que ya no es capaz de garantizar la adaptación a un mundo –interno y exterior- una y otra vez mudable y cambiante.

Es verdad que la fijeza de la conciencia se configura de forma distinta según la función que resulte impedida o menospreciada. Así, una conciencia no bañada por aquella alusividad simbólica, permanece anclada a una obligada confusión entre la parte y el todo. Lo que percibe no alude más que a sí mismo, siendo vivido como un todo no componible ulteriormente. Se trataría de una conciencia que captura las cosas en un sistema ya predeterminado, incapaz entonces de dar escucha a aquella profunda alusión que caracteriza al símbolo.

También sería una conciencia sin tensión, y por ello distendida sobre la temática de la repetición: cualquier cosa, por inaprensible que sea en su totalidad, finalizaría por ser reducida a los elementos ya conocidos presentes en ella, dejando de lado o incluso no pudiendo siquiera intuir cuánto de no inmediatamente comprensible en cualquier caso la configura. De ahí resulta que la ausencia de la función simbólica sea superponible a los cuadros psicopatológicos determinados por el hiperracionalismo reductor, cuadros que en su mayoría tienen una naturaleza neurótica, pero que, en casos extremos, pueden alcanzar hasta la psicosis, especialmente si se caracterizan por ciertas formas de delirio bien estructurado.

Por otro lado, podemos hallar la ausencia de función creativa cuando la conciencia deja de frecuentar territorios sin objetos. En ese caso, la sensación de control y de vínculo estrecho con los objetos conocidos va a ser máxima, de la misma manera que es fácil imaginarse la plenitud y la continuidad percibidas por la conciencia a pesar de las vicisitudes del devenir y de las circunstancias. Por el contrario, una conciencia incapaz de producir objetos nuevos, y nuevas combinaciones entre ellos, deviene una conciencia achatada, casi crepuscular, debido a la contemplación pasiva del horizonte existencial. No hay nada que pueda hacerse frente a las demandas provenientes del interior o del exterior para modificar las relaciones entre las cosas. El hombre sin creatividad es el hombre simplemente espectador de su propio mundo, el hombre sin atributos, que quizá haya olvidado el sentido de su propia historia.

Se trata de una ausencia que podemos encontrar en cuadros que van desde la simple apatía hasta el extremos de la ruptura del contacto vital con la realidad, esto es, y siguiendo los conceptos de Minkowski, hasta el núcleo que define mejor que cualquier otro el sentido de la debacle esquizofrénica.

Por último, la ausencia de la función metafórica despliega el arco de sus connotaciones en la problemática del literalismo. Cualquier cosa que aparezca, cualquier palabra, cualquier imagen, cualquier sonido, son interpretados en el sentido radical del código que presuntamente los encierra. El tono de la voz, los movimientos del cuerpo, el tejido fraseológico, no remiten ya a significados que puedan hallarse más allá de los códigos. Los términos dejan de ser acepciones posibles, ni sirve la semántica para poner en tensión el sentido de la cosa comunicada. Es como si los códigos generales de los usos encontrasen en el sujeto literal un centinela que acabase por reducirlos a normas de obligado cumplimiento. De tal manera que los códigos, que en verdad son validísimos puntos de partida para la comunicación, finalizasen por convertirse en puntos de llegada y constricción del material conducido por la comunicación misma.

Ese literalismo podemos encontrarlo un poco en cualquier lugar de la psicopatología, pero lo encontraremos todavía con mayor claridad en el modo en que algunos psicoterapeutas literalizan el material suministrado por sus pacientes, recogiéndolo en sus propios esquemas mentales, los cuales son reforzados todavía más por sus teorías de referencia. Ese es un peligro que no es necesario subestimar, porque el andamiento psicoterapéutico, visto como auténtico diálogo entre las dos psiques, puede transformarse fácilmente en un monólogo cruzado si no se halla la manera de pactar los sentidos del discurso que produce, consenso que tiene que ver con la aceptación muchas veces no literal –y así metafórica- de los modos de comunicar entre los miembros del diálogo.

De cualquier forma, y vistas las distintas consecuencias de la carencia de las funciones dialógicas mencionadas, tratemos ahora de aproximarnos al funcionalismo que, por oposición a la fijeza de la conciencia, son capaces de desarrollar. Parecería que la semejanza o el parentesco entre estas tres funciones se vea mejor desde una perspectiva operativa, es decir, cuando ya han iniciado su movimiento. Recordemos: la creatividad busca nuevas formas suspendiendo aquellas que ya se conocen; la función simbólica tiende hacia a totalidad y la recomposición suspendiendo la angustia de la parte; la función metafórica suspende la concreción y el literalismo de la forma para mezclarla virtualmente con otras formas y sentidos ulteriores no aprensibles ni interpretables convencionalmente.

Por consiguiente, las tres funciones, aun partiendo del espacio intrapsíquico, se asoman hacia territorios ulteriores, eludiendo y suspendiendo toda fijación o parálisis de la conciencia. Podemos decir que representan el dinamismo psíquico por excelencia, dinamismo que se desarrolla en la acción con la cual estas tres funciones empujan la psique hacia la búsqueda del sentido. Juntas rehuyen la interpretación directa, la que no corresponde a una aproximación hermenéutica, y, así pues, las tres son profundamente críticas, resultando fundamentales para que tome inicio el diálogo.

El diálogo en la creatividad se plasma a través de la disposición a la búsqueda y a través de las novedades instauradas, correspondan o no a configuraciones de naturaleza artística. El diálogo en la función simbólica se desarrolla a través de la reunión de elementos, la ulterioridad de sentido, la espera del significado y la tendencia continua. El diálogo en la metaforicidad se coloca más allá de la constricción llevada a cabo por los códigos lingüísticos, apelándose a aquella comprensión humana no mediatizada por la historia o por las genealogías respectivas. Puede ocurrir, incluso, que esas funciones se alimenten entre sí mediante una red compositiva generada dinámicamente gracias a la vitalidad ulterior que cada una propone. Así, la búsqueda de la novedad creativa compone el símbolo y favorece la metáfora; el símbolo propone una vía creativa (por eso sustrae su significado del plano de lo ya conocido) y se difunde y comunica sólo a través de metáforas; de la misma manera en que la metáfora es en sí misma una comunicación creativa y preñada de significado como el símbolo. Cada una de las tres empuja la psique de igual manera hacia la búsqueda de sentido, dinamizando dialógicamente cada uno de los elementos psíquicos sobre los que se apoyan.

Las tres funciones, finalmente, concurren hacia un dinamismo psíquico más amplio del que pueda ser sugerido por una posición estrictamente psicológica. En realidad, parecería, siguiendo el pensamiento de Trevi, que lo psíquico exceda a lo psicológico, del mismo modo que la creatividad excede a lo creado, el símbolo excede a lo simbolizado y la metáfora excede a lo metaforizado. Y es que es a través de estas operaciones que la psique se impulsa hacia delante, se asoma al otro, poniendo en relación dual y homeostática al individuo y a su mundo circundante.

Paradójicamente, mediante estas operaciones o funciones de relación con el otro, la psique acaba por desplegar sus producciones más individuales y personales, como si de ese contacto con lo enteramente otro, de esa conexión –aun figurada- con lo que permanece más allá de sí, más allá de lo perceptible como propio, la psique, asomándose, acabase por deslizarse hacia el desarrollo de la crítica y de los criterios discriminadores (dentro-fuera, yo-otro, conocido-desconocido), esto es, acabase por alcanzar una mejor expresión y, sobre todo, una imagen más completa y compleja de sí misma. Era ésa la idea que exponía Schelling cuando, preguntándose por cómo hace el yo para conocerse a sí mismo, aludía a la necesidad de instaurar un movimiento inicial centrífugo, salir de sí, para después, en el retorno centrípeto hacia sí, hacia el espacio psíquico, descubrir su propio horizonte y su propio límite: su propia naturaleza. (Clic aquí para seguir leyendo 4/4.)

Autor: Dr. Ricardo Carretero G.
Relación para el X Congreso del Centro Italiano di Psicología Analítica C.I.P.A.
5-6 de Febrero del 2000,  Roma

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Símbolo, Creatividad y Metáfora 2/4

SÍMBOLO, CREATIVIDAD Y METÁFORA. 
Una distinción estructural


“Habría entonces –y como colofón- que preguntarse si el análisis, ese producto casi casual de nuestro siglo, no deba abandonar la aristocrática y privilegiada posición en la que todavía se encuentra, y no tenga, por el contrario, que proponerse como modelo paradigmático del encuentro humano suscitador de enriquecimiento psíquico."  Mario Trevi

El hecho de hablar aquí de funciones en estrecho parentesco, especialmente si las traducimos en el espacio del proceso psicoterapéutico y del lenguaje que empleamos en él, no significa en absoluto que propongamos una visión en la que se confundan los conceptos de símbolo, metáfora y creatividad. La naturaleza del símbolo, con su particular despliegue entre lo visible y lo invisible, con ese suyo ser parte que incansablemente remite a un todo o a aquella otra parte sin la cual cualquier totalidad no sería más que virtualidad tendencial, no asemeja al acto creativo, que se instaura en un territorio sin objetos, haciendo florecer una novedad precisamente allí donde la experiencia, aun cargada de tensión auroral, no es representable más que con los conceptos de desierto, vacío u otros similares, ni asemeja tampoco a las connotaciones de la metáfora, donde, aun por un solo instante, se suspenden por lo menos figuradamente los significados derivados de nuestros códigos de comunicación, se superan y, finalmente, asumen –a través de un andamiento consensual- otro significado distinto respecto del terminológico de partida, otro significado cuyo valor no es extraño al hecho de instalarse precisamente sobre un territorio sin códigos fijos ni fronteras definidas por convención.


Como quiera que sea, no es ésta la ocasión para destilar estos conceptos en abstracto, esto es, para tomarlos en consideración de manera de aclarar qué sean o no sean en realidad, cuestión a la que otros (Cassirer, Trevi, Todorov, Galimberti, etcétera) han dirigido su atención alcanzando a dilucidar sus mínimos particulares. Nuestra perspectiva pertenece sobre todo a un campo de interrogación, más precisamente aún, intentamos adentrarnos en las preguntas: ¿a qué responden el símbolo, la metáfora, la creatividad?, ¿es verdad que responden a aquel quantum de energía, a aquella excedencia libídica que, al menos por lo que respecta al símbolo, ya había sido mencionada por Jung? Adentrándonos en estas preguntas, y convencidos de la dificultad de alcanzar una conclusión satisfactoria, hemos seguido preguntando, quizá de manera limitada y dialógica: ¿y la conciencia, condición necesaria (también eso mencionado por Jung en el caso del símbolo) para que aparezca y sobre todo para que sea aferrada la esencia de estos tres conceptos, cómo se dispone frente al símbolo, a la metáfora, a la creatividad? ¿A qué fin tiende? ¿En qué condiciones se coloca? 

Frente al símbolo, la conciencia nos aparece bañada por un carácter de alusividad. La conciencia mira alrededor suyo y recoge la presencia de alguna cosa, objeto, imagen, sonido, etc., y recoge esa presencia como una presencia tremendamente alusiva de otra presencia virtual con la que está relacionada bajo el influjo de la posibilidad de expresar –al menos figuradamente- la idea de completud, de totalidad. Cuando la conciencia interpreta el hecho de captar presencias en cuanto partes de un todo (inaprensible en ese momento, pero susceptible de ser en cualquier caso dentro del orden de la posibilidad), henos entonces ante una conciencia orientada hacia el símbolo. El alcance de ese modelo interpretativo de la conciencia no se le escapa a María Zambrano. Nos dice, en el De la Aurora: “Si la piedra es sólo esta piedra que veo, si mi ver no la mira trasponiéndola en algo que está bajo ella, en algo que la soporta y la oprime, en algo que imprevisiblemente, en un movimiento ascensional, la hace templo, copa del cielo, el hombre, y aun quizá todo lo viviente, se queda sin lugar”.

La conciencia capaz de acoger las cosas que le están delante con un sentido de provisionalidad, es una conciencia tensa, que no se deja persuadir por la simple apariencia definitiva de las cosas. Es por ello que no pierde su lugar, a pesar del interés y la atracción que siente por el objeto. De ahí la apertura interpretante de la conciencia hacia eso que todavía no es, pero de cuya posibilidad la conciencia está preñada; de ahí la carga alusiva que asumen las cosas visibles, de improviso preñadas –en el sentido treviano- de cuanto de invisible las completa.

Veamos ahora cómo se coloca la conciencia frente a la creatividad. En este caso la conciencia nos aparece, probablemente después de un vaciado de objetos, más sola que nunca. Entonces la conciencia mira a su alrededor y, no viendo nada puesto que todo significado ha sido suspendido, hace aparecer, precisamente en el vacío por ella misma creado, un objeto nuevo, novedad que será tal en la medida en que surge sin interpretaciones previas. La conciencia orientada en el sentido de la creatividad, pues, no necesariamente va a inventar objetos nuevos, ya que éstos pueden convertirse en nuevos también y sobre todo como resultado de la previa desertificación de la conciencia. Casi podríamos decir que la conciencia está situada en una especie de momento cero, por el cual todo objeto que aparece deviene creativo al estar cargado de un significado completamente nuevo. Ese significado nuevo se manifiesta en la posibilidad que tiene el objeto creativo de conectarse o de combinarse con otros de una manera diferente a la que se conoce hasta ahora.

Para que exista creatividad, debe existir ese repliegue de la conciencia, esa interrupción de su flujo operativo, hasta situarse en una posición y en una disposición muy alejada a la de su mundo habitual. Es ahí que las interpretaciones que se han usado hasta ahora dejan de intervenir. Interviene en cambio aquel instinto de juego del que habló Schiller, o quizá una especie de andamiento errático, de ir a tientas dentro del espacio reflexivo, a la búsqueda de algo no bien determinado pero que sin embargo es capaz de atraer con fuerza el interés del sujeto. La libertad creativa es esta libertad de la conciencia de interpretar de otra manera, partiendo del espacio vacío; es también la libertad que se espera de desarrollar cuando se abre el juego, y donde las funciones del buscar se sitúan claramente por encima de la estabilidad de vivir fundándose en lo ya conocido.

Por último, veamos ahora la posición de la conciencia respecto de la metáfora. Frente a la metáfora, la conciencia se halla instalada en una profunda incertidumbre, producida por aquel transferir el sentido de las cosas hacia otro espacio (de metaphorein, transferir). El material que es expuesto a la mirada consciente ya no pertenece a la sedimentación de los códigos de comunicación. En la metáfora, las cosas ya no son las cosas, y el significado de las palabras no depende ya de la propia y convencional adaptación al consenso establecido por los códigos al uso. Y a pesar de esto, a pesar de esa incertidumbre por la cual las palabras esquivan el uso común derivado de la convención, la conciencia se dispone a empujarse hacia el espacio metafórico con el ánimo de quien se espera otro tipo de consenso. En realidad, la metáfora aparece siempre en presencia de un Yo/Tú, sea este tú otro sujeto colocado efectivamente delante nuestro, o acaso simplemente se trate de un otro tomado como referencia virtual de la operación metafórica.

La conciencia se adentra así en un territorio donde el consenso respecto al significado de la comunicación deberá ser pactado o consensuado entre el yo y el tú más allá de las reglas al uso. La conciencia trata de esa manera de hallar un consenso vivo, alejado de las reglas generales, dando escucha a la posibilidad de nombrar las cosas según criterios propios de naturaleza individual. El alcance de esta posibilidad –a nivel individual- no se le escapa a Hans Georg Gadamer, cuando nos dice, en Verdad y Método: “El que habla una lengua que nadie entiende no habla en realidad. Mas, por otro lado, el que sólo habla una lengua cuya convencionalidad se ha hecho absoluta en la elección de las palabras, en la sintaxis o en el estilo, pierde la capacidad de interpelación y evocación, que sólo es alcanzable por la individualización del vocabulario y de los recursos lingüísticos”. Del mismo modo que no se le escapa a Hannah Arendt la valencia cultural y hermenéutica de la operación metafórica, entendida como un espontáneo florecer del significado de los términos directamente de los sentidos, significado que resulta ser, así, muy diferente del que se produce en la operación alegórica. Nos dice en El Pescador de Perlas, su bellísimo ensayo dedicado a la figura de Walter Benjamín: “La metáfora instituye una conexión que es percibida por los sentidos en su inmediatez y no exige interpretación, mientras que la alegoría deriva siempre de una noción abstracta y después inventa algo tangible para representarla casi según su propio gusto. Hay que explicar la alegoría antes de que adquiera significado, hay que encontrar una solución al enigma que presenta, de tal modo que la frecuentemente laboriosa interpretación de figuras alegóricas recuerda siempre a la mente más bien la solución de una adivinanza, incluso cuando no es precisa más inventiva que la necesaria para representar la muerte con un esqueleto. A partir de Homero, la metáfora ha portado consigo aquel elemento de poesía que comporta conocimiento; su empleo fija las correspondencias entre objetos físicamente muy  alejados, como cuando en la Ilíada el asalto lacerante de miedo y dolor sobre el corazón de los Aqueos corresponde al asalto combinado de vientos del norte y del oeste sobre las aguas sombrías (Ilíada IX, 1-8); o cuando el avance del ejército que va hacia la batalla compañía tras compañía corresponde a los largos flujos del mar que, empujados por el viento, se forman mar adentro, se acercan a la orilla uno tras otro para luego abatirse como un trueno sobre la tierra firme (Ilíada IV, 422-28)”.  (Clic aquí para seguir leyendo 3/4.)


Autor: Dr. Ricardo Carretero G.
Relación para el X Congreso del Centro Italiano di Psicología Analítica C.I.P.A.
5-6 de Febrero del 2000,  Roma

Infórmate sobre su próxima conferencia: El Nacimiento de la imagen creativa.

Símbolo, Creatividad y Metáfora 1/4

SÍMBOLO, CREATIVIDAD Y METÁFORA

UN PUENTE ENTRE EL MUNDO INTRAPSÍQUICO Y LA PSICOTERAPIA DIALÓGICA



PREMISA
“Como llegamos a transformar de manera aprovechable prácticamente sólo una parte muy limitada de la energía natural, ya que estamos obligados a que la parte de sobras  mayor produzca, inutilizada, sus efectos en fenómenos naturales, así también en nuestra naturaleza psíquica no podemos sustraer al decurso natural más que una pequeña parte de energía. Una parte infinitamente mayor se nos escapa, y mantiene el curso natural de la existencia. Por esto la libido se divide naturalmente entre los distintos sistemas funcionales, a los que no puede ser sustraída por entero. La libido se encarna en estas funciones en la forma de fuerza específica suya, no transformable. Sólo donde acontece que el símbolo ofrezca un gradiente mayor al de la naturaleza es posible traducir la libido en otras formas [...] El hecho de que el símbolo haga posible esta desviación, demuestra que no toda la libido se ha fijado de manera conforme a las leyes de la naturaleza, y que se ha deducido de ello un cierto quantum de energía, que podremos definir excedente libídico  [...] El excedente libídico da origen a ciertos procesos psíquicos que las puras y simples condiciones naturales no explican en absoluto, o que lo explican de manera muy inadecuada. Son procesos religiosos, cuya naturaleza es sustancialmente simbólica. Símbolos de representaciones son las ideas religiosas, símbolos de acciones son los ritos y ceremonias. Son las manifestaciones del excedente libídico. Y son, al mismo tiempo, pasajes hacia nuevas actividades, que deben ser definidas específicamente actividades culturales, en antítesis con las funciones instintivas que se desarrollan según las leyes naturales”
Carl Gustav Jung, Energética Psíquica 


A través de la vasta y compleja producción de Jung aparecen diversas y a veces contrastantes visiones respecto de la esencia de la psique.  Entramado de elementos antinómicos en tensión dialéctica, conjunto de complejos cuya tonalidad afectiva se enfrenta una y otra vez con el complejo del Yo, equilibrio de funciones guiadas por el principio compensatorio... la psique adquiere para Jung la conformación de sus hipótesis de investigación analítica. Paralelamente, aun el principio animador de las actividades psíquicas, esto es, el concepto de libido, hace su recorrido a lo largo del eje que va desde el genérico impulso vital bergsoniano hasta la simple manifestación energética de la adaptación natural (salvo un cierto quantum de energía llamado excedente libídico).

En cualquier caso, Jung no olvida nunca que existe un nexo, aun problemático, entre las actividades intrapsíquicas y las actividades intersubjetivas, es decir, la psique es susceptible de ser comprendida atendiendo a lo que hace para mantener un equilibrio en sí misma, de la misma manera que puede serlo atendiendo a lo que hace para mantener un equilibro con el otro –quien quiera que sea- con el que está en relación. Desde las primeras especulaciones sobre los complejos a tonalidad afectiva, Jung no abandonó más la idea según la cual todo elemento estudiable de la psique no es, a fin de cuentas, más que el elemento de una relación. Desde ese punto de vista podemos decir que la psique es vista por Jung como un órgano de relaciones complejas, como un conjunto de funciones dinámicas que desarrollan su actividad contemporáneamente hacia la homeostasis interior y hacia la homeostasis exterior.

Siguiendo este razonamiento, podemos concluir que estas dos direcciones homeostáticas se hallan en una relación estrecha e inseparable: si inicialmente falta la homeostasis interior, antes o después se acabará por perder la homeostasis con el otro; si, por el contrario, lo que resulta comprometida es la homeostasis con el otro, ello repercutirá en el sentimiento de inadecuación, sucesivamente vivido cada vez más como un fracaso intrasubjetivo. La  psique, pues, mueve sus pasos dinámicamente hacia la puesta en marcha de funciones relacionales complejas en cualquier dirección imaginable; no conoce en su devenir temporal movimientos convergentes que no sean al mismo tiempo divergentes, y viceversa. De ahí su compleja inaprensibilidad.

Por el contrario, la psicoterapia es el proceso de relación que se establece entre la psique del paciente y la psique del terapeuta con el fin de alcanzar un alivio en la primera de ellas. En lo concreto, dado un sufrimiento, una perturbación, una aflicción cualquiera en la psique del paciente, este último, aquel que padece (de paciente) y que espera (también esto proviene etimológicamente del término paciente), se dirige hacia un determinado terapeuta con la expectativa de encontrar una mejoría a través de la relación con él. El diálogo que se establece durante el proceso psicoterapéutico, siendo sustancialmente un diálogo entre las dos psiques, nunca podrá perder de vista el fin terapéutico, pero, por otro lado, tendrá que vehicular necesariamente también los materiales de ambas psiques en relación, desarrollando las direcciones convergentes y divergentes propias de la comunicación de cada una de ellas.

Obviamente, el conocimiento por parte de la psique del terapeuta respecto a las funciones de adaptación natural que toda psique debe seguir para alcanzar una cierta homeostasis estructural –tanto interna como externa-, será un conocimiento necesario y preliminar desde un punto de vista general. Mas, una vez que se haya instaurado el proceso psicoterapéutico, a medida que el factor interpersonal y específico del diálogo entre las dos psiques particulares vehicula en ambas direcciones algunos materiales que se sustraen al menos en parte a los discursos generales (piénsese en los factores de colaboración, empatía, simpatía, consenso entre los estilos comunicacionales...),  entonces será necesario modular la propia mirada según las posibilidades efectivas de la relación misma.

Y esa mirada ya relacional –que contempla el andamiento del proceso psicoterapéutico-, paradójicamente no sólo deviene operativa en la temática intersubjetiva, sino que resulta ser la única mirada capaz de dar razón –de captar y a la vez activar- las funciones psíquicas estrictamente relacionales, esto es, del conjunto de funciones que desarrollan su propio dinamismo independientemente de la distinción intrasubjetivo/intersubjetivo, ya que se despliegan –una vez activadas- en cualquier dirección posible.

A ese respecto, en la obra junguiana es conocido el caso de la función simbólica, procedente de aquella fractura entre el hombre y la naturaleza llamada por Jung “excedente libídico”. En nuestra investigación, añadiremos a ésta la función creativa y la función metafórica, funciones que hipotizaremos como co-pertenecientes a las dinámicas intrapsíquicas e intersubjetivas, es decir, como puentes dialógicos en sí mismos, vehículos capaces de activar y de activarse tanto en la relación psicoterapéutica como en el dinamismo intrapsíquico, con una circularidad que se refleja en la recuperación, sea de la homeostasis de la psique particular consigo misma, sea de la homeostasis entre la psique y el mundo que la circunda. (Clic aquí para seguir leyendo 2/4.)


Autor: Dr. Ricardo Carretero G.
Relación para el X Congreso del Centro Italiano di Psicología Analítica C.I.P.A.
5-6 de Febrero del 2000,  Roma

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viernes, 25 de abril de 2014

Angustia y Creatividad 3-Final

3. La estrechez de la angustia y la preñez creativa. Una diferencia hermenéutica

¡Capta las formas e intuye
que todo es sombra,
si quieres,
o todo aliento!

En mi caso ocurre algo irregular:
pongo el proyecto en un molde,
sazono y horneo
con un poco de angustia segura
y, tras apenas dos horas,
retiro el producto
y lo sirvo, sin más,
en recipiente casual,
de poco peso y color amigo

Al aceptar el agobio procurado por la incertidumbre y por la carencia de un soporte instintivo suficiente, el hombre no se plantea ya una imposible vuelta atrás, sino un acatamiento de la condición humana, en primer lugar. Las cosas son como son, sería el principio, y no cabe la idea de tratar de tergiversar o manipular el concepto de precariedad que es connatural del ser humano.

Entonces, si se aceptan las condiciones generales de la vida, el ser precario y no obstante decidido, ni piensa en volver a los árboles (no sea que ni tan siquiera existan ya), pero vislumbra una temporalidad por delante suyo muy parecida al paso del tiempo en su cuerpo.

En esos momentos, cuando una vena de fatalismo se había hecho brecha en su corazón, hete aquí que aparece, como de la nada, un elemento que le sorprende sobremanera. No hay vuelta atrás; el paraíso está cerrado, quizá por obras, y, al quedarse desasido, acaso de un antiguo recuerdo del primer homínido, brota un instinto antes desconocido y propio del caminante: el instinto de juego, que tan bellamente profundizó y alabó Schiller. Se trata de un instinto antiguo, propio del animal tanto como del hombre. Pero en las manos del hombre, tan desacostumbradas al instinto y plenas de zozobra y agobio, éste va a resultar un arma muy poderosa en su denodada y apasionada búsqueda de equilibrio.

¿Qué es lo que mueve al hombre que se adentra irremediablemente en los senderos de lo desconocido? ¿Qué fuerza es la que genera aquel grito en la soledad que, tras mucho tiempo de espera solitaria, rebrota empáticamente en otro ser mediante un grito similar a la vez que ambos consensuan un sentido? ¿Cómo surgen el arte de la caza y el de la pesca? ¿De dónde? ¿Y los conocimientos de cosmología, de geometría, y el cálculo? ¿Y el lenguaje? Parece que no podemos imaginar ninguna producción propia del ser humano que no haya encontrado al instinto de juego como detonante necesario. Sí, sí, nada más y nada menos que el instinto de juego, curiosamente emanado de la aceptación de la angustia como algo natural y preliminar.

Es verdad que hay que dar rienda suelta al instinto de juego para apartarse durante un tiempo de los quehaceres de supervivencia y explorar apasionadamente el terreno de la naturaleza hasta dar con los esquistos de ocre suficientes para organizar y liberar cada pincelada. Y qué extraña concepción de la conservación y de lo práctico hay en esbozar sonidos intangibles, que se disipan sin más, pero en medio de una creación musical. En un principio, todo es efímero, como cada instante es efímero y la vida entera lo es. Efímera la pincelada, la melodía, el relato oral, la danza. Y siendo todo ello efímero, puesto que el instinto ha hallado su fuerza propulsiva en ese agobio y en esa estrechez producida por la acumulación de estímulos y señales que es la angustia, ¡qué manera de condensar una respuesta adecuada!

El instinto de juego es el instinto que el hombre encuentra en su deriva hacia lo desconocido, propulsado por una idea de angustia definitiva. Quizá por ello se muestre tan confiado, fácil de poner en acción incluso con compañeros de viaje encontrados por azar. Quizá, por ese mismo agobio también, resulte tan productivo…      

Ricardo Carretero Gramage
Palma de Mallorca, diciembre 2012

Infórmate sobre su próxima conferencia: Los miedos en la adolescencia.
 

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